De la propiedad y la libertad

A todos nos rechinan los oídos cuando escuchamos alardear a nuestra vecina (o compañero de trabajo) por haber comprado seis viviendas en una promoción, y que las mantendrá vacías hasta que logre venderlas con un 30% de beneficio sobre el precio de adquisición de cada una. ¿Mercado libre de viviendas? Nada de eso. Algunas de estas operaciones se han realizado con viviendas protegidas. Si bien a algunos les rechinan los oídos de envidia, a otros, entre los que me incluyo, les rechinan de rabia, porque piensan en aquellos potenciales inquilinos que han perdido cinco oportunidades de acceder a una vivienda. La pregunta en este escenario es obvia: ¿podemos considerar la vivienda como una inversión?

Cesar Vidal

Todo esto viene a cuenta de “Propiedad privada“, la tribuna publicada el pasado martes 23 de enero en La Razón por el incansable César Vidal. El historiador, periodista, locutor, columnista, tertuliano (uf, respiro), ensayista y escritor comienza su artículo afirmado que “la defensa de la libertad privada constituye uno de los episodios más fascinantes de la Historia de las ideas“. Para documentar su crítica a la decisión tomada por la Generalitat de Catalunya (y previsiblemente por el gobierno vasco) de gravar 9 euros al día a las viviendas desocupadas, Vidal se retrotrae al germen de las ideas, a Platón (al que tilda de “socialista” y “antecedente del Gulag”) y a Aristoteles, de quien afirma que “dió muestras de genialidad (…) y señaló que la propiedad era una condición indispensable para ejercer la libertad e incluso se permitió ironizar afirmando que si las ideas socialistas lo que pretendían era impulsar la solidaridad, él prefería ser solidario voluntariamente y no porque se lo impusiera el gobernante de turno“.

El artículo aborda posteriormente algunas referencias religiosas, entre ellas, la Torah de Moisés (“está repleta de referencias de respeto a la propiedad privada“) y un episodio protagonizado por Jesús de Galilea con un recaudador de impuestos llamado Zaqueo, y después resalta la defensa que Estados Unidos ha promovido de la propiedad privada desde la redacción de su primera Constitución. Finaliza Vidal su exposición con un grave acusación a los de la acera de enfrente (“la izquierda española respalda a los que se apoderan de los pisos de otros, (porque) desprecia la propiedad privada“, y resume el fondo de su artículo en una frase que tiene lo mismo de lapidaria que de peligrosa: “(La propiedad privada) facilita el ejercicio de la ciudadanía y es indispensable para la libertad individual

Se equivoca César Vidal en varias ocasiones (y en tan pocas líneas). De inicio, la propuesta de la Generalitat catalana no busca expropiar pisos ni arrebatárselos a sus dueños, sino evitar que muchas personas (especialmente jóvenes que desean emanciparse) sean insolventes para alquilar una vivienda a costa de un parque inmobiliario escaso. Se pretende gravar el no-uso de viviendas, incentivar el acceso de inmuebles al mercado de arrendamientos con las garantías oportunas que ofrecen las Agencias de alquiler, y por lo tanto, no se trata, en modo alguno, de atentar contra la propiedad privada de nadie. El consumo de tabaco y la adquisición de artículos de lujo están gravados por impuestos especiales desde tiempos inmemoriales, y no por ello suponen un atentado contra el que decide coleccionar diamantes o nicotinizarse.

Segundo, si consideramos la vivienda como un derecho (tal y como recoge la Consitución Española) – y la asimilamos a otros derechos como la educación y la sanidad, parece claro que la Administración debe ser la que promueva las condiciones necesarias para el ejercicio de este derecho tomando las medida que considere oportunas. Los Hijos de Don Quijote han logrado en Francia que la imposibilidad de acceder a una vivienda pueda ser denunciable ante los tribunales de justicia y que el Estado sea el garante jurídico en el ejercicio de este derecho. ¿No sería impensable que sus hijos no pudieran ir a la escuela por no poder pagarla? ¿O que usted muriera de asma por no poder pagarse el ventolín? Quizás César Vidal, tan admirador de la privacidad y de la democracia norteamericana, defienda igualmente su modelo sanitario y educacional. Es posible. Pero algo me lleva a pensar que, en la persecución de tal cruzada, no le secundarían ni los lectores más conservadores de La Razón.

Por último, Vidal realiza un peligroso ejercicio malabar cuando relaciona dos aspectos característicos de las democracias en el siglo veintinuo: la propiedad privada y la libertad. Cuando el columnista dice que la propiedad privada es indispensable para que los individuos ejerzan su libertad, está equiparando un derecho (la libertad) con una opción personal (la propiedad privada) que no florece de la esencia humana, sino de sus condiciones de vida. No es menos libre el ser humano que carece de bienes, que aquel otro que los atesora por centenares. Y éste es uno de los grandes pecados del artículo de Vidal. Para el ejercicio de la ciudadanía, la libertad no puede depender de la propiedad por cuanto, la disposición de bienes, no puede ser el garante de la libertad en un estado democrático. Las garantías de la libertad deben buscarse en la Constitución de cada país y (en un ámbito superior) la Carta de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Hacer depender la libertad de la titularidad de bienes, implica aceptar que es más libre el ser humano que más bienes tenga.

Feo, ¿verdad?

Si César Vidal quisiese responder a este análisis, un derecho que tiene otorgado en esta humilde posada cibernética, contestaría, seguramente, con un argumento clave en el ideario conservador norteamericano: que el derecho a la propiedad surge de la igualdad de oportunidades. Pero estaríamos adentrándonos en una senda, ya no sólo fea, sino además injusta. ¿Igualdad de oportunidades? Muy bien, aceptemos que tenemos la oportunidad como cualquier otro ser humano de adquirir bienes para (glubs) adquirir libertad. Ahora las preguntas surgen solas: ¿de veras existe una igualdad de condiciones que permita esa igualdad de oportunidades? ¿Una persona nacida en un poblado de chabolistas posee las mismas oportunidades que nuestro amigo Vidal para acumular bienes que – según proclama Vidal – garanticen su libertad?

No hay que ejercitar demasiado la materia gris para concluir que, efectivamente, la libertad no puede depender de la propiedad privada. Ambos aspectos son importantísimos en el buen funcionamiento de una democracia moderna, pero hacer depender el uno del otro es de tal frivolidad que podría aceptarse en Paris Hilton, pero no en una persona formada (por mis queridas escolapias) y versada, como César Vidal.

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