La crispación no cruza los Pirineos

“Que tenga una, o tal vez una segunda bomba un poco más tarde, esto no es muy peligroso. Lo que sí es peligroso es la proliferación. Si Irán tuviera una bomba atómica, ¿dónde podría lanzarla? ¿Contra Israel? No habría ascendido 200 metros en la atmósfera antes de que Teherán quedase arrasado“.

Estas frases se pronunciaron el pasado domingo en el Palacio del Eliseo de París. El presidente francés, Jacques Chirac, concedía una entrevista a tres publicaciones (International Herald Tribune, The New York Times y le Nouvel Observateur) que reflejaron al día siguiente estas declaraciones y desataron la polémica durante los días posteriores. El propio Chirac, alarmado por el eco de sus palabras, convocó de nuevo a los mismos periodistas para aclarar su postura en una segunda entrevista. La oficina de prensa del Eliseo emitió una nota explicando que “Francia, al igual que el resto de la comunidad internacional, no puede aceptar la hipótesis de una Iran armada con armas nucleares” y matizando que “el programa nuclear iraní es opaco y, por lo tanto, peligroso para la proliferación armamentística en la región”.

El presidente de la República Francesa había reaccionado a tiempo. Para la comunidad internacional la polémica estaba zanjada. Su traspié fue entendido como un error subsanado en las esferas políticas internacionales. La secretaria británica de Exteriores, Margaret Beckett, preguntada por las afirmaciones de Chirac que minimizaban el riesgo de un Irán nuclear, afirmaba que, en base a la rectificación del presidente francés, no creía que el presidente francés opinase de aquel modo. Y como Margaret Beckett, otros muchos aceptaban la rectificación de Chirac. El propio François Hollande, secretario general del Partido Socialista francés, declaraba poco después: “Entiendo que Chirac se ha retractado”. Sin más. El responsable del partido opositor recibe las disculpas del presidente sin aspavientos, sin críticas, sin redactar columnas ni vociferar en tertulias. Excusa aceptada. Siguiente tema.

A propósito del desliz del presidente de la República Francesa, desde algunos medios se retoma una vieja reflexión sobre los modos empleados en la escena política española. Durante los últimos años asistimos a un vergonzante espectáculo de “dimes y diretes” que poco aporta al progreso social, económico y, fundamentalmente, cultural de nuestro país. La democracia no es, únicamente, un modo de hacer política, sino una plasmación de la evolución cívica de una comunidad de individuos y, por ende, el máximo exponente del desarrollo cultural de los pueblos. Es evidente que en España la democracia no posee una base sólida. ¿Motivos? Primero, el pueblo español no consiguió redactar su Constitución hasta hace treinta años. Segundo, su consecución sólo fue posible cuando desapareció el general Franco (y no precisamente por una revuelta popular que derrocase al dictador). Y tercero, la democracia hubo de pagar un precio como arancel: la memoria. Todo lo anterior resulta en una adolescencia demócrata y un servilismo ciego que, en España, se traduce en una crispación insoportable en la vida política y en los medios de comunicación.

Señalaba Antonio Garrigues-Walker en un artículo de opinión publicado el año pasado en ABC que ante el “intercambio continuo de insultos y descalificaciones, (…) la  sociedad civil, con la ayuda de los medios de comunicación de masas, debe reaccionar con firmeza para denunciar conductas erróneas y exigir comportamientos responsables”. El jurista añadía posteriormente que “el problema de España reside en que en estos momenos no contamos con una sociedad civil capaz de generar esta reacción, ni con unos medios de comunicacion adecuados a la tarea”. Un año después, el debate se ha trasladado desde los foros político-mediáticos hacia la calle. El ciudadano ya no se fía de nadie. Y es que a diferencia de Reino Unido, donde la BBC posee una reputación intachable sobre su independencia entre los británicos (observen el escándalo Blair), los españoles estamos acostumbrándonos a aceptar que los medios de comunicación posean un interés más allá de lo periódistico en la información que transmiten (o dejan de transmitir). Y no es una cuestión de buscar culpables porque todos, en cierta medida, debemos sentirnos impulsores de la situación creada; desde el comportamiento pueril del lector/oyente/vidente que es capaz de ensalzar bazofias – siempre que procedan del partido afín – hasta la falta de talla periodística de unos medios que se ofrecen como cajas de resonancia de declaraciones que no deberían ocupar tres líneas o dos segundos en cualquier bloque informativo.

Cualquier periodista que haya asistido a las comparecencias de los portavoces de los grupos parlamentarios en el Congreso de los Diputados, sabe que el 90% de las frases que se pronuncian son, o bien repeticiones de postulados que todos sabemos de memoria (“el Gobierno desmiembra España”, “los alcaldes populares son unos corruptos”, etc), o bien puntualizaciones sobre las declaraciones del portavoz anterior. El contenido específico sobre el trabajo parlamentario es casi nulo. Y a los periodistas no parece preocuparles demasiado por cuanto, al llegar a su periódico/emisora/cadena, el jefe de redacción colocará los insultos, difamaciones y descalificaciones en un lugar privilegiado del espacio informativo.

Efectivamente, la clase política necesita un baño de seriedad, ¿pero acaso no debe ser la prensa el vaso comunicante de tal seriedad hacia la ciudadanía? ¿Cuándo aceptaran los medios de comunicación su papel como educadores y su responsabilidad ante lo que transmiten a la sociedad? Nuestros representantes políticos y nuestros medios de comunicación sólo avanzarán en el sentido adecuado cuando, pongamos por caso, el presidente del Gobierno, tras cometer un lapsus (“trágico accidente”), los unos, como Hollande, acepten las disculpas y no aprovechen el error cometido para crispar a la sociedad, y los segundos, omitan en su información cualquier debate estéril que, posiblemente, rellena muchas líneas, pero al mismo tiempo empobrece nuestra democracia hasta niveles inaceptables.

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