Mafia en haengul

La política internacional se ha nutrido durante muchos años de comportamientos mafiosos. Si no me creen, analicen los últimos movimientos en Corea del Norte; el proceso negociador entre los norcoreanos y la comunidad internacional debería figurar en cualquier manual de estrategia à la calabresa.

Según informaba ayer un despacho de la agencia de noticias japonesa Kyodo, el régimen de Kim Jong-il estaría dispuesto a parar su único reactor nuclear operativo si recibe 500.000 toneladas de petróleo al año. La propuesta fue transmitida por el viceministro de Exteriores norcoreano Kim Gye-hwang a los dos expertos estadounidenses en temas atómicos que han viajado a Beijing para impulsar las las negociaciones a seis bandas: Joel Witt (ex-funcionario del Departamento de Estado de EEUU) y David Albright (presidente del Instituto de Ciencia y Seguridad Internacional). Pyongyang exige igualmente el levantamiento de las sanciones financieras impuestas a su país por la ONU, así como la retirada de Corea del Norte de la lista que maneja Washington en la que detalla las naciones impulsoras del terrorismo internacional.

 

Kim

 

La jugada norcoreana es simple: si no se paga un precio adecuado, ningún país del mundo puede estar seguro. O lo que es lo mismo, Corea del Norte seguirá desarrollando su programa nuclear a menos que se pague una cuota de pacifismo.

La propuesta de Kim, de esencia mafiosa, podría resultar sorpresiva para los negociadores si hace varios años no se hubiese repetido una jugada idéntica en un contexto similar. En 1994, Jimmy Carter viajó a Pyongyang para entrevistarse con Kim Jong-il. Bajo el encargo del ex-presidente Clinton, el posteriormente nombrado Premio Nobel de la Paz aceptó desarrollar en territorio norcoreano dos reactores nucleares que pudiesen alimentar eléctricamente al país. A cambio, el Querido Líder -por entonces en duelo por la muerte reciente de su padre- se comprometía a frenar los desarrollos militares radioactivos en su país. Pero no fue así. Los norteamericanos cumplieron su palabra, instalaron las centrales, complementaron la ayuda energética con aportaciones alimenticias… y a cambio, Corea del Norte, en el año 2003, no sólo no frenó su programa nuclear, sino que además expulsó a los inspectores de la Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA) que controlaban el desmantelamiento balístico norcoreano. Posteriormente vendría en mayo de 2005 el lanzamiento de misiles sobre el mar del Japón, y en octubre de 2006 las pruebas nucleares subterráneas en territorio de Corea del Norte, que surgieron como estruendosos coletazos a partir de aquella ruptura de Pyongyang con el pacto firmado entre Carter y el presidente Kim.

Como la historia, tristemente, no suele servir como enseñanza sino como simple refrescador de memorias, los negociadores de Rusia, EEUU, China, Japón y Corea del Sur debieron recordar aquel episodio al escuchar la propuesta formulada el pasado domingo por Kim Gye-hwang. Y evidentemente, debieron formularse un par de cuestiones fundamentales. Primera: ¿han cambiado suficientemente las condiciones de negociación para volver a creer en la palabra de Pyongyang? Y segunda: ¿se encuentra la comunidad internacional en condiciones de soportar otra humillación como la de 2003?

La pelota está en el tejado de los cinco negociadores internacionales. ¿Qué camino debe tomarse en este cruce? ¿Se acepta de nuevo la extorsión, se intensifica la presión con sanciones económicas más estrictas, o se amplían las sanciones del Consejo de Seguridad hasta conseguir luz verde para una intervención armada?

Está claro la mafia política internacional funciona de forma similar a su escuela original: extorsionando a los débiles a cambio de protección ante ellos mismos. Las diferencias en este caso con la camorra italiana (aparte de la evidente cuestión de dimensión) son dos: una, que ni Corea del Norte se encuentra en una situación de poder ni los países negociadores son, precisamente, unas hermanitas ursulinas; y dos, que la firma del chantaje no se escribe en italiano, sino en haengul. El resto, es el mismo cuento calabrés que, de excesivamente conocido, resulta insoportable.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: