Castillos en el aire

Sobre el caso Enron se ciernen – aún después de las condenas judiciales a Jeff Skilling y Andy Fastow – varias preguntas: ¿quién fue el responsable último del fraude? ¿se trató de un “asunto empresarial” – como aseguraba el presidente George W. Bush – o un asunto político? ¿Qué culpa debe recaer sobre los bancos que promovieron la mentira contable? ¿cabe algún reproche a la avaricia del pequeño inversor? Y lo que más debe importar a los medios de comunicación: ¿pudo la prensa haber detenido antes el engaño de Enron si hubiese tomado una posición menos complaciente con la empresa estadounidense?

enron

 


Dice el escritor
Malcolm Gladwell que “el escándalo Enron es un ejemplo del fracaso de la emisión y de la recepción, es decir, que no sólo la compañía emitió señales fraudulentas, sino que aquellos que debían escucharlas e interpretarlas no hicieron bien su trabajo”. Efectivamente, la prensa llegó al escándalo tarde y mal. Muchos ciudadanos se arruinaron por culpa del incumplimiento de una máxima del periodismo: no dar nada por hecho. Desde el escándalo Valhalla se sabia que algo olía a podrido en Enron, pero los analistas prefirieron, desde sus púlpitos mediáticos, alimentar la burbuja de la desregularización y la nueva economía. Eran los 90 y la prensa actuaba como un ilustre gabinete de comunicación del avant-garde empresarial. La propia Enron defendía en su eslogan (Ask Why?) esa pregunta que deberíamos habernos formulado los que dedicamos nuestra pluma a constatar hechos y realizar interpretaciones. El periodista no puede ser el sastre que diseñe los trajes del emperador y, además, pretenda convencer a la sociedad de que no son transparentes.

De que fuese una mujer (Bethany McLean, periodista de la revista Fortune) la que destapase el escándalo en su artículo “Is Enron overpriced?”, Vicente Verdú tendría mucho que decir. Afirma el levantino en su ensayo “Yo y tú, objetos de lujo” que la feminización laboral ha producido una nueva ola de moral en el trabajo que había permanecido cercenada por la insoportable ambición del ser masculino. Jeff Skilling pronunció en aquella época una frase (“el dinero es lo único que motiva a la gente”) que desenmascaró – y posiblemente finiquitó – la cultura del macho reinante en el mundo de los negocios. Los colegas masculinos de McLean admitieron la imagen de triunfador de Skilling sin formularse interrogantes. Ni siquiera aquel trabajador que declara en la película “Enron, the smartest guys on the room” (Alex Gibney, 2005) que conocía la turbiedad del negocio, se atrevió a denunciar los hechos. Tuvo que ser, de nuevo, otra mujer (Sherron Watkins, vicepresidenta de Desarrollo Corporativo en Enron) la que hiciera las preguntas en la compañía y finalmente denunciara el fraude ante el tribunal. Casualidad o no, fueron dos mujeres las que afrontaron la represalia del emperador por defender la verdad. Una, McLean, defendía una norma periodística. La otra, Watkins, defendía una causa moral.

Es posible que la sociedad se mueva según la Hipótesis de Gaia que formuló el inglés James Lovelock; así como la Tierra auto-corrige los desequilibrios en el ecosistema, otras disfunciones sociales también se equilibran. Pocos periodistas sufrieron represalias por ensalzar el fraude. Pero el delito se cometió y algunos de sus responsables lo pagan en la cárcel… o en el cementerio. Jeff Skilling dijo en 1992: “ahí fuera hay un mundo nuevo esperándonos”. Lo que Skilling desconocía era que tendría que observar ese mundo tras los barrotes. Y es que, como diría Alberto Cortez, pretender volar como las gaviotas, además de ser de idiotas, es imposible. Tarde o temprano acabas estampado en el suelo.

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