El triunfo de la trivialidad

La victoria de Shada Hasun en la Academia de las Estrellas (versión panárabe de Operación Triunfo organizada por una televisión libanesa) ha servido para que la población iraquí olvidase, por una sóla noche, sus rencillas étnicas, políticas y bélicas… y se unise en una sola voz de apoyo a su paisana. Se dice en los medios que en la noche de su proclamación como vencedora “hubo un estallido de júbilo, gritos y disparos al aire en las zonas de Bagdad donde había electricidad“.

¿Estallidos de júbilo en una ciudad arrasada por el estallido de bombas? ¿Me he perdido algo?

 

 

Quizás no me haya perdido nada.

Hace unos años leí una novela escrita por Richard Bach que llevaba por título One (Pan Books, 1988). Bach – escritor estadounidense que se hizo célebre en 1972 por su best-seller Jonathan Livingston Seagull (Juan Salvador Gaviota) – describía en su libro una dimensión paralela donde las guerras se habían convertido en un espectáculo mediático que atraían a millones de espectadores. Los AirGames, los SeaGames y los LandGames se televisaban en todo el mundo. Los pilotos de cazas eran tan adorados como los deportistas de élite o las estrellas de Hollywood. Los aeropuertos habían mutado en gigantescos estadios con gradas situadas a lo largo de las pistas de aterrizaje. Los espectadores accedían al estadio vistiendo camisetas de sus héroes bélicos y gritaban enfervorizados cuando contemplaban una maniobra espectacular en las pantallas gigantes, dispuestas ante las gradas, que televisaban la contienda en los cielos. La batalla podría contemplarse gracias a las cámaras situadas en los cazas y en los aviones desplegados en el aire por la organización. ¡El realizador podía contar hasta con 20 planos distintos de la contienda! Y cuando los pilotos tomaban tierra, un jurado situado detrás de la línea roja que marca el final de la pista, levantaba unas tablillas con las puntuaciones de los concursantes. Un 9.8. Un 9.9. Puro show business.

Las guerras en la novela de Richard Bach no eran reales. No moría gente. Los pilotos contaban con sistemas de seguridad para evitar un accidente en la refriega. En la dimensión paralela que describe One, la comunidad internacional se dio cuenta en un determinado momento de que una nueva guerra mundial podría ser el fin de la humanidad. Y se decidió no frenar la industria armamentística… sino cambiar su objetivo. Los combates televisados comenzaron a generar dinero por el crecimiento de las audiencias. La rivalidad entre países abandonó su faceta geo-económica para ser, sencillamente, un enfrentamiento de ficción, televisado, seguro. Con las mismas armas, pero cuidadoso de no destruir el negocio. Según comenta el propio Bach en su libro, “algunos países llegaron a pagar su deuda externa con los ingresos producidos por la competición“. Los pilotos abandonaron los Ejércitos cuando se dieron cuenta de que ganaban mucho más dinero en los International Games y, además, no ponían en riesgo su vida. Los ejércitos desparecieron. Y con ellos, las guerras.

Dinero. Espectáculo. Circo.

¡Felicidad!

Las tésis de One son ingénuas y bastante simplistas, aunque no dejan de levantar algunos interrogantes sobre el futuro de las contiendas bélicas. ¿Puede salvarnos el capitalismo? ¿Llegará un día en que la guerra deje de ser rentable y las contiendas se resuelvan en un programa tipo Operación Triunfo? Parece descabellado. Pero la audiencia manda. Y la audiencia, son votos.

Volvamos al presente. Shada Hasun ha logrado unir al pueblo iraquí con sólo canturrear en una docena de programas televisados para todos los países árabes. ¿Alguien se atreve a poner en duda la capacidad de Hasun para lograr algo que no han conseguido ni George W. Bush, ni Condoleeza Rice, ni Nuri Al-Maliki, ni Ban Ki-Moon, ni Kofi Annan, ni el Rey Fahd, ni ningún otro representante político-militar en Irak?

Es trivial. Lo sé. Pero esa trivialidad ha logrado que suníes y chiíes se abracen… como no lo habían hecho en los pasados cuatro años.

Cuando el protagonista del libro de Richard Bach le dice a una combatiente de la dimensión trivial que su mundo está construído sobre juegos, que su planeta es una pura casa de diversión, una especie de carnaval de lo bizarro… recibe una respuesta contundente: “(…) y me lo dices tú, que me cuentas que tu mundo se construye sobre guerras, combates reales, deliberados, premeditados, asesinatos en masa; que tu mundo se aproxima a la autodestrucción. ¡Eso sí que es bizarro!

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