La ira de Baldwin

Habréis escuchado ya la rajada de Alec Baldwin contra su hija por no haberle cogido el teléfono. Muy fuerte. En Estados Unidos, no hay programa informativo que no dedique unos minutos a este asunto. En algunas cadenas como la FOX, el asunto está empezando a hacerle sombra hasta a la matanza de Virginia. No es de extrañar. La única disyuntiva que debe superarse para dar cancha a la llamada de Baldwin es la ética informativa y el derecho a la privacidad de las personas, sean o no una celebridad. Pero una vez cruzado este puente (en España, por ejemplo, lo hemos cruzado ya hace bastante tiempo), el affaire Baldwin es una vaca lechera de audiencias como pocas.

Se han publicado muchos artículos analizando los malos tratos psicológicos, las amenazas, los insultos y las agresiones físicas. El estudio más famoso en nuestro país fue un informe publicado por Save the Children que llevaba por título “Amor, poder y violencia” y que ocasionó un revuelo considerable. Desde algunas publicaciones (como Malaprensa) se pusieron en duda los datos contenidos en el informe. Y algunos escritores, como Eduardo Mendoza, negaron la mayor del estudio. Vamos, que un cachete a tiempo o una zapatillazo en el culo no debería suponer un trauma para un niño, siempre que no se utilizase de forma reitarada e indiscriminada para corregir el comportamiento del menor.

En mi casa se ha utilizado eventualmente el cachete (fundamentalmente en las nalgas), cuando mi comportamiento tendía a la tiranía. Algunas noches me quedé sin cenar. La paga subía o bajaba según mi comportamiento. He estado encerrado en la habitación más de lo que, por entonces, habría deseado. Y he corrido delante de mis padres tratando de evitar un merecido zapatillazo de gamuza que, en ocasiones, he visto volar con el rabillo del ojo mientras evitaba el impacto. Mi visión periférica lo ha agradecido durante muchos años. Vamos, que nunca han existido para mí los ángulos muertos en la carretera. Y no tengo traumas porque mis padres siempre han mantenido su compostura. Por mucho cachete, castigo o regañina que me hayan infligido, siempre observé en ellos la compostura de la edad. El talante de la sabiduría. Un cierto relax en su rostro, incluso, cuando dábamos vueltas a una mesa redonda tratando de cogernos los unos a los otros. Quiero decir que se ganaron el respeto con su actitud fría, como la que debe imperar en un juez, sin vehemencias. Un castigo sin ira.

Lo de Baldwin es distinto. Ya no es el enfado. Es el tono. Su hija le habrá perdido todo el respeto al observarle iracundo, incapaz de controlarse a sí mismo, demostrando que los años no le han otorgado la sabiduría de la templanza. La noticia es ésta y no que haya regañado a la niña porque no le coja el teléfono. Son los modos (“Eres una cerda grosera y desconsiderada”) y las amenazas.

Ayer fue viernes y Baldwin habrá podido decirle todas estas cosas a la cara a su hija, que tampoco tendrá demasiado respeto a su madre, la actriz Kim Basinger, considerando que fue ella quien filtró al información a los medios para tomar ventaja a su ex-marido por la custodia de su hija.

Son cosas como éstas (la ira, las filtraciones, la falta de decoro…) las que provocan traumas. Y no un cachete. Ni un zapatillazo.

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