Una cólera saludable

“Hay cóleras muy saludables y útiles”. Segolene Royal intentaba, de esta manera, justificar su enojo al escuchar a Nicolas Sarkozy decir que había que integrar a los discapacitados en las escuelas públicas. La candidata socialista a la presidencia de la República Francesa reprochó a Sarkozy que utilizase “lágrimas de cocodrilo” cuando precisamente su partido, la UMP, había reducido la prestación asistencial a los discapacitados en la escuela francesa. La vehemencia con la que Royal interpeló a su oponente, fue utilizada por el candidato conservador para descalificar su talante (“Usted se enfada con mucha facilidad y se sale de sus casillas con mucha facilidad”), su aptitud para liderar los destinos de Francia (“no es el comportamiento de un Presidente de la República”) y su aceptación de un debate ideológico (“cualquiera que no piensa como usted, lo considera ilegítimo”).

debate

Fue el momento más bronco de un debate (retransmitido esta noche en directo por TV5 y traducido simultáneamente al español en el canal 24 Horas de Televisión Española) que servirá para aclarar el voto a los electores franceses en la segunda ronda de las elecciones presidenciales francesas. Quedan cuatro días para la cita con las urnas. Los más aventurados dan como ganador a Nicolas Sarkozy, aunque el llamamiento a la abstención realizado ayer por el ultraderechista Jean Marie Le Pen y los acercamiento de François Bayrou a la causa segolenista, han servidos para enturbiar los pronósticos realizados tras la primera ronda electoral.

Segolene se ha mostrado segura. Ha utilizado mucho la expresión “Yo voy a ser la Presidenta que…”, lo cual le ha ayudado a autoconvencerse de sus posibilidades para derrotar a Sarkozy el próximo domingo. Y la vehemencia no le ha venido mal. La cólera saludable ha mostrado a una persona afectada por la injusticia y a la que no le avergüenza el acaloramiento puntual. Por otro lado, a Sarkozy le ha afectado en sentido contrario su seguridad y su firmeza. Y en ocasiones se ha mostrado demasiado sobrado, intentado ridiculizar los datos expuestos por su adeversaria política. Pero su mayor error ha sido otro. Sarkozy ha perdido el 20% del tiempo intentando explicar su posición… deconstruyendo la de Segolene. El conservador le ha realizado a Royal más preguntas que los propios entrevistadores, intentando confundirla en sus datos, inquiriéndole cómo piensa llevar a cabo sus planes. Segolene se lo ha agradecido. Porque se lo ha puesto en bandeja. La socialista ha tenido la oportunidad de explicar su programa con su tiempo… y con parte del tiempo del adversario. Para Sarkozy, un error de principiante.

El debate se ha caracterizado por su ligereza. Nada de turnos. Nada de tiempos fijos sin interrupciones. Los periodistas que han moderado el debate han controlado el tiempo utilizado por cada candidato en la exposición de sus ideas… y a rebatir al adversario. ¡Y vaya si se ha rebatido! Sobre todo Segolene Royal, que ha demostrado que los enfrentamientos tete-a-tete se le dan mucho mejor que las tribunas de oración.

Sarkozy ha dominado los primeros minutos. Vestido con un traje, camisa y corbata azules, de diversas tonalidades, el candidato conservador ha tomado la iniciativa para exponer las líneas maestras de su programa en el terreno social (“la prioridad será evitar el crímen, no la protección al agredido”), presupuestario (“sólo repondremos uno de cada dos funcionarios que se jubilen”), educativo (“los niños deben llegar a casa con los deberes hechos”) y laboral (“si un parado rechaza dos ofertas con su perfil se quedará sin prestación de desempleo”). Pero ha perdido el debate con el paso de los minutos, cuando las puntualizaciones de Royal han entorpecido su discurso. Aquí ha aparecido el Sarko más paternalista. Y por aquí ha comenzado a perder el debate. “Si incluimos varios temas de debate a la vez nos liamos todos”, decía Sarkozy. Pero el que se ha liado ha sido él mismo. El candidato de la UMP ha comenzado desde entonces a mostrarse incómodo: comenzaba las intervenciones con la vista caída (quizás moldeando en su mente sus palabras), se dirigía frecuentemente a los moderadores en lugar de a su oponente y, nunca, ni siquiera en el discurso final, ha mirado a la cámara.

Segolene Royal ha ido creciéndose con el paso de los minutos. Comenzó timorata, quizás insegura por los comentarios que la condenaban al desastre antes de comenzar el debate. Ha vestido una chaqueta negra sobre blusa blanca, un atuendo que resaltaba menos su condición de mujer que en otras ocasiones. De hecho, tampoco ha hecho demasiada referencia a las mujeres en comparación con otras ocasiones. Y una de las pocas veces que lo ha hecho, ha sido para decir algo absurdo: que las agentes policiales debían tener guardaespaldas que las acompañasen de la comisaría al trabajo. Aquí Sarkozy ha sacado su vena más cínica para ridiculizar la propuesta. También la candidata socialista ha tendido tiempo para recordar su programa laboral (“seis meses de contrato abonado por las corporaciones locales para jóvenes sin experiencia”), ecológico (“la creación de empleo verde servirá como palanca ecológica de la economía”), educativo (“no más de 17 alumnos por aula”) y presupuestario (“el exceso sobre un crecimiento del 2.5% del PIB se destinará a saladar la deuda”).

Y los momentos de mayor tensión se han producido al tratar temas de enfrentamiento directo, como el horario de 35 horas laborales (Sarkozy lo considera un lastre para el crecimiento… mientras Royal le reprocha que, si realmente está en contra, siga existiendo), la celebración de un nuevo referendum sobre la Consitución Europea (Royal defiende una nueva consulta sobre un nuevo Tratado) o la entrada de Turquía en la Unión Europea (“a ver cómo se explica en las escuelas que Europa tiene frontera con Irak y con Siria”, ha dicho Sarko).

El domingo sabremos quién regirá los destinos de Francia en los próximos 5 años. Pero hoy, los políticos franceses han demostrado algo de los que algunos políticos españoles deberían tomar nota: que se puede hacer oposión sin necesidad de crispación. Que teniendo claro que todos buscamos la prosperidad social, los debates deberían circunscribirse a los propios objetivos, y no a descalificar la capacidad del oponente para hacerlos efectivos. Que no todo vale. Y que quizás podamos rescatar para España una idea esgrimida esta noche por Nicolas Sarkozy: elaborar un estatuto de la oposición. Con uno de estos, nos habríamos ahorrado algunos espectáculos vergonzosos en los últimos años de la vida política española.

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