Hipercor, 1987

Hoy, 19 de junio, se cumplen 20 años del atentado de ETA en el centro comercial Hipercor de Barcelona. El resultado de la explosión fue devastador: 21 muertos y 40 heridos. Con independencia de los fallos en la prevención de los efectos de la explosión -ETA mantiene que avisó del estallido de la bomba una hora antes para dar tiempo a desalojar el local-, lo cierto es que aquel horror pervive en la mente de los españoles como una de las acciones más brutales de la banda armada, sobre todo porque causó víctimas que no tenían relación con los tradicionales objetivos etarras: fuerzas de seguridad y representantes políticos.

Hipercor

No es dato baladí, este último. Si algo ha caracterizado a ETA en su pérfida carrera por el sendero de la violencia, es que siempre ha buscado culpables militares y políticos a sus fines independentistas. Y que para asesinarlos, se pasó del indiscriminado coche bomba (letal para los viandantes ajenos a los objetivos de la banda) hacia el tiro en la nuca, más refinado aunque igualmente repugnante, que utilizó durante sus últimos años de acción armada.

Desde 2003, ETA sólo ha matado a dos personas. Ocurrió el pasado mes de diciembre. Las vítimas fueron dos ecuatorianos (Carlos Palate y Diego Estacio) que dormitaban en el aparcamiento de la T-4 en Barajas cuando les sorprendió la explosión de un coche bomba. La reacción de ETA al conocer las dos muertes fue similar a la que tuvo en el atentado de 1987 en Hipercor: la banda aseguró haber avisado con una hora de antelación del lugar y hora previstas para la explosión. El propio presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez-Zapatero -en un lapsus que encendió los ánimos de la oposición al denominar accidente a la muerte de los dos ecuatorianos- era consciente de que la intención de ETA no era asesinar a estas dos personas. De ahí el lapsus. No era un accidente que explotara una bomba, porque quien no pone bombas, no provoca muertes. Pero sí fue un accidente que Palate y Estacio durmiesen en aquel momento en la terminal 4 del aeropuerto madrileño. O más bién, una trágica casualidad. Y también fue una desgracia accidental que, al estar dormidos, no fueran conscientes de los avisos de desalojo por parte de la Policía Nacional.

¿Cuál era el objetivo de ETA con la explosión de la bomba? Pues, aunque parezca obsceno, su objetivo no era otro sino… negociar. Con bombas. Pero negociar. Y es que el objetivo de ETA sigue siendo la negociación. La banda etarra busca una salida a su carrera criminal, pero evidentemente no quiere irse a cualquier precio. Y sabe que sin la amenaza de la violencia no va a sacar un resultado decente tras 30 años de muertes a sus espaldas. Quien espere que ETA vaya a rendirse sin más, se engaña a sí mismo, y la ciudadanía debe saber que está intentando engañarnos a todos. Los etarras saben perfectamente que nunca conseguirán sus objetivos políticos en el actual escenario de convivencia democrática vasca y española. Pero claro, sin la amenaza de las armas, ETA tampoco conseguiría sus objetivos de segundo orden: el indulto de los etarras sin delitos directos de sangre. Esto es innegable.

 

Una partida de póker

El Gobierno lo sabe. Y la oposición también. Y cada uno utiliza esta situación de forma distinta. La oposición con un apestante tufo electoral a la espalda, traiciona el objetivo del bien nacional por recuperar el poder lo antes posible. Y el Gobierno utiliza esta información para continuar con la partida de póker que mantiene con ETA desde el inicio de las conversaciones en junio de 2006.

Sería de ingenuos pensar que, dos días después de que los etarras anunciaran el fin del alto el fuego, el encarcelamiento de Arnaldo Otegi en Marturene, el regreso de Iñaki De Juana a la cárcel y la detención en Francia de tres etarras localizados, sean productos de la casualidad. No lo son. Algunos han puesto en el cielo el grito montesquiano de la separación de poderes. Pero no nos engañemos. Sería una irresponsabilidad que los poderes judicial y ejecutivo estuvieran descoordinados en este proceso negociador. Y sería más irresponsable aún abandonar una oportunidad para la paz en Euskadi por un anuncio de ruptura de tregua y dos muertes, lamentables, sí… pero accidentales. No se trata de utilizar a la justicia en beneficio de un partido político. Se trata de combinar la acción política con la acción judicial en beneficio de la paz en España.

ETA sabe que este país no tolerará más balazos en la nuca, como el que recibió Francisco Tomás y Valiente. Ni más secuestros como el de Ortega Lara. Ni más ejecuciones sumarias como la de Miguel Angel Blanco. Pero ETA seguirá poniendo bombas, porque el ruido y la furia son sus cartas de mayor valor en el póker que juega contra España.

La banda descarta desde hace mucho tiempo una salida honorable a su lucha. Exactamente, desde su primer asesinato. El escenario ha cambiado. Ahora, lo que ETA lleva buscando desde 2003 es salir de esta timba con el mayor número de prendas posibles. Y de la sociedad española, de los partidos de la oposición y del Gobierno encargado de jugar la partida, depende que, primero, no les cerremos esta salida (por mucho que atruene la kale borroka y se destruyan terminales), y segundo, que si pueden salir de la timba vistiendo sólo un taparrabos… mejor.

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